United World Project

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Encontrar la humanidad herida en la cárcel más grande del Líbano

Tomó algún tiempo reconstruir los hechos a los que se hace referencia en esta carta que llegó a nuestro buzón de correo electrónico (nota del director: mediaoffice@unitedworldproject.org). Un texto fuerte y delicado al mismo tiempo. Parecía una meditación secular, una reflexión profunda y sabia sobre el tema de la fraternidad, aplicado al mundo de la prisión en el Líbano.

Los hechos de los que estamos hablando son estrictamente ciertos y suceden días antes de la pasada Navidad, precisamente el 22 de diciembre. El lugar, como ya se mencionó, es el Líbano. El trasfondo es este: el presidente del Colegio de Abogados de Beirut, un hombre de fe, involucra a unos 724 abogados de Beirut y Trípoli, en la inspección de las 23 cárceles del país, donde viven más de 7.000 prisioneros. El objetivo es crear conciencia sobre las condiciones de vida inhumanas de los prisioneros, involucrar a la sociedad civil y, sobre todo, a las autoridades competentes, en el plan urgente para construir infraestructuras que respeten su dignidad. Se le pide a cada abogado que complete fichas con el estado de salud y legal de cada encarcelado, que verifique su asistencia legal y si su permanencia en la prisión se debe a falta de pago de la afianza, incluso si se cumplió su sentencia.

La voz narrativa es la de Mona Farhat, una joven abogada de 36 años, también libanesa. Mona visitó la prisión de Roumieh, la más grande del Líbano, en las afueras de Beirut. Nos dice: “La prisión de Roumieh está muy llena, es cada celda, diseñada para 20 personas, duermen 118 hombres. La situación es dramática y en el momento del Coronavirus, se vuelve más grave. Ahora, el Estado ha decidido liberar a quienes han cumplido su condena, pero aún no han pagado la fianza. Esto ya es bueno, para alivianar los números”. Mona nos dice que después de esta experiencia, el registro de abogados logró sacar a unas 50 personas, pagando, gracias a varias ayudas, las sumas que los prisioneros debían pagar, después de cumplir su condena.

Es Nochebuena, las luces y los adornos no están allí, los centros comerciales todavía no asisten a la fiebre del consumidor clásico, el espíritu navideño reina soberano. La solidaridad es la invitada de honor en el banquete del país, no se detiene delante de la confesión religiosa o la proveniencia, sino que se apresura a presentarse de mil maneras, no se hincha, no se jacta, calienta las manos y corazones y se reinventa todos los días, con gestos de delicadeza única.

Así, el país, vestido con su traje más bello, es testigo de un proyecto de gran audacia. La solidaridad no sólo consuela pequeñas heredas, sino que también cubre a 724 abogados con sus túnicas, para visitar a 7000 prisioneros.

Esta iniciativa, lanzada por un hombre inspirado, ha encontrado eco en muchos corazones que han tenido el valor de creer que, para construir un país, el camino hacia la fraternidad debe ser desafiado. El camino hacia las cárceles está lleno de obstáculos. De hecho, las áreas oscuras de nuestras ciudades están bien escondidas. Los visitantes están desarmados y de acuerdo con las instrucciones del hombre inspirado, deben estar revestidos con humanidad, con caridad.

Es una herida abierta, que estos visitantes descubren cuando presencian las escenas de seres humanos apilados unos sobre otros con heridas y dramas.

Reducidos a las condiciones de prisión, intentan sonreír, hacen un gesto de bienvenida y encuentran el valor para contar sus historias y su vida cotidiana.

Fui parte de esos “elegidos” que visitaron a los prisioneros. Éramos 17 mujeres y dos hombres entrando en una especie de habitación redonda, donde las celdas de la prisión se reducen a un espacio de dos metros por dos, intercaladas con cortinas de tele, donde siete personas duermen dos colchones. Un gran temor atrapó a los presentes al ver a los 118 prisioneros que nos recibieron junto con un reducido número de policías.

En ese momento, la frase: “El amor expulsa temor”, me vino a la mente; me adelanté y comencé a amar al prisionero que tenía frente a mí, preguntándoles sobre las condiciones de atención. Luego fuimos a otro lugar cerrado, en una especie de habitación pequeña, donde diligenciamos las fichas con los prisioneros sobre su condición. Por casualidad vi a la misma persona que me había enumerado las múltiples razones de su encarcelación, su situación familiar y, en unos minutos pudo contarme una serie de dramas.

Nos miramos a los ojos y descubrimos que éramos hermanos. Aunque me sentí impotente ante tal situación, no pude evitar mirarlo a los ojos para decirle la única Verdad que es la razón de nuestra esperanza: “¿Sabes que eres muy amado?”. El dice: “Ah, ¿Sí… por quién? “Dios te ama inmensamente, eres muy importante para nosotros” le respondí.

Mi amigo bajó la mirada, conmovido por lo que acababa de decirle. Y yo mismo estaba sorprendido por mis palabras. Esa reunión marcó mi vida. Si estamos llamados a juzgar las acciones, ciertamente no podemos juzgar a las personas scon caminos tan tortuosos.

Basta remover el polvo para descubrir la humanidad escondida detrás de heridas profundas. En mi corazón, pido perdón a estos seres humanos por la indiferencia de la sociedad, por haber relegado la dignidad humana a una posición secundaria, ya que los derechos humanos más básicos no están garantizados en este lugar oscuro.

Si no salimos ilesos de esta experiencia que marca el comienzo de un nuevo viaje, descubriremos que las naciones no están construidas con un tambor, o por discursos ardientes o por la denuncia de los males, sino a través de gestos en los que el infinitamente grande se une al infinitamente pequeño.

Se necesitó una persona para cambiar el curso de las cosas con un puñado de mujeres y hombres que se comprometieron con este gran proyecto de fraternidad.

No es una locura querer poner al hombre en el centro de las preocupaciones de las instituciones, no es una locura hacer revivir la primaria vocación de las instituciones.

El proyecto está en marcha, esperando la contribución de todos, ya sea material o no, para continuar escribiendo juntos, con cartas de fraternidad, esta página de la historia de nuestro país.

Mona Farhat Abogada en la Corte, Líbano.

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