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Tenía 4 años y en Auschwitz era B1148

 
27 enero 2023   |   , ,
 
United States Holocaust Memorial Museum, courtesy of National archives and records administration, Maryland.

Michael Bornstein es uno de los 52 niños judíos que sobrevivieron del campo de exterminio. “Si me encontrara cara a cara con un nazi le diría que el mal no ha triunfado”

Seremos la última generación en escuchar sus historias y estrecharles la mano. Estar frente a Michael Bornstein significa dar rostro, ojos, voz al horror del Holocausto. Sus cuatro años quedan inmortalizados en una foto en blanco y negro, donde se retrata a Michael con un pijama de rayas fuera del campo de Auschwitz.

Entre los 52 niños judíos, menores de ocho años, sobrevivientes del campo de exterminio, también está él. Pasó gran parte de su encarcelamiento escondido en pabellón de mujeres, con su madre y abuela que trataban de protegerlo de las patrullas nazis. De la invasión de Polonia, donde nació, recuerda poco. “Me estoy haciendo viejo y por eso me olvido”, dice con buen humor. Sin embargo, el recuerdo del gueto de Zarki, su ciudad natal a la que fueron trasladados con la familia es vívido. En mayo de 1944 los subieron a un vagón de ganado rumbo a Auschwitz. La madre, el padre, el hermano y la abuela fueron sus compañeros de viaje hasta su llegada cuando su padre y su hermano de 9 años fueron recluidos en la sección de hombres. Michael lamenta no recordarlos excepto a través de fotos. No lograron salir del campo con vida. Fueron asesinados en las cámaras de gas. “Éramos muchísimos niños y dormíamos en un pabellón donde las camas eran literas de madera dura y la comida era muy poca. Todos estábamos hambrientos”, recuerda. Su madre Sophie, a pesar de recibir constantes palizas por sus salidas, siempre lograba colarse en los hospedajes, para llevarle su pan. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que los niños mayores se lo estaban robando, decidió llevar a su hijo consigo en la sección femenina. “He aprendido a estar callado y tranquilo, escondido en la litera de la madre todo el día, hasta cuando ella fue transferida a otro campo en Austria para preparar municiones. Entonces la abuela Dora tomó su lugar, pero para sobrevivir comían los sobrados de comida de la basura, hasta cáscaras de papa”. En estos pasajes los recuerdos son nítidos. Cuando en el invierno de 1944 y 1945 los nazis, alarmados por el avance de las tropas rusas, idearon las llamadas “marchas de la muerte” -es decir el traslado forzoso de los prisioneros de los campos de concentración para evitar que fueran encontrados o para utilizarlos en un posible tratado de paz- la abuela comprende que el niño, ya enfermo, no sobrevivirá al viaje y lo lleva a la enfermería. “Los nazis estaban aterrorizados por los gérmenes y no entraron. Así nos salvamos. Fue un milagro”. Los recuerdos se superponen con las historias de la abuela Dora, en palabras de este octogenario. Después de la guerra, él y su abuela regresaron a su ciudad, pero su casa estaba ocupada por otros polacos y entonces un gallinero los hospedó por varios meses, hasta que la madre volvió de Austria.

Durante 75 años, Michael nunca ha hablado de su historia. Un día, junto a su hija, en busca de una película de 1945 donde había sido inmortalizado, se encontraron en varios sitios web de negacionistas del holocausto. “En esas publicaciones decían que los campos no existían o no estaban tan mal, porque las fotos tomadas no nos veíamos tan delgados. Los rusos nos habían alimentado durante dos semanas antes de retirarse” dice vigorosamente Michael. Todavía hoy en su plato no deja ni una sola migaja, en memoria de esos días. Y cuando entra en el metro de Nueva York los recuerdos con el vagón que lo llevaba a Auschwitz se sobreponen. Viendo, luego que muchos de los sobrevivientes estaban muriendo, Michael decidió hacer pública su historia, la del prisionero B1148. Aquel número tatuado en el brazo y que mostraba de niño en la película histórica, habla sin palabras. Aquel número lo escondió debajo de su camisa durante varios años. Aquel número lo ha aislado de los otros niños, refugiados como él en un campo cerca de Múnich durante 5 años. “Había perdido el cabello por malnutrición y tampoco hablaba alemán y por eso todos se mantenían alejados de mí. Era invisible, un poco como me sucedió durante los primeros meses en Estados Unidos”, cuenta. Es el febrero de 1951 cuando llega la visa para los Estados Unidos. Michael tiene diez años y con la madre Sophie se embarcaron para Nueva York. Durante dos meses durmieron en un colchón en el salón de la tía, hasta que lograron tener un pequeño apartamento en la zona hispana de Harlem. Ha trabajado por 25 centavos la hora en una farmacia, entregando medicinas y limpiando los locales para ayudar a su madre que se reinventó como costurera. Entre destiladores, vasijas de barro y balanzas, Michael desarrolla una pasión por la farmacia y la química y obtiene un doctorado que también lo lleva a trabajar para empresas líderes como Johnson and Johnson. Al pensar en la herencia materna, Michael subraya dos palabras: instrucción y optimismo. “Instrucción, instrucción, instrucción era su estribillo”, explica mostrando un reloj donde, grabado en hebreo hay un escrito que dice: “También esto pasará”. Fue un regalo de Sophie que ha animado siempre al hijo a mirar al futuro, al positivo, también durante los días más oscuros. El tren de Auschwitz, el campo, el después de la liberación fueron desastrosos, pero si se encontrara cara a cara con un nazi, Michael quisiera hacerle saber que el mal, el odio y el fanatismo no han vencido. “La mejor venganza es hacerles ver que estoy viviendo una vida llena de felicidad. Estoy casado desde hace 54 años: tengo cuatro hijos y 12 maravillosos nietos”.

Artículo realizado también gracias al histórico trabajo de Maddie Kramer.


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