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PAZ: UN GRITO MÁS FUERTE QUE EL FRAGOR DE LAS ARMAS

Llamado a un alto al fuego global

Con la propagación de la pandemia, el 23 de marzo, el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres lanzó, en directo a través de video, un llamado para un “alto al fuego global inmediato en todos los rincones del mundo”. Una propuesta esperada y valiente que Adriana Cosseddu, profesora de derecho de la Universidad de Sassari (Italia) y responsable de “Comunión y Derecho”, una red internacional de juristas, nos ayuda a analizar y comprender mejor.

Aprender

Desde hace algún tiempo, se está librando una nueva e inédita batalla sin precedentes contra un enemigo común y sin rostro, identificado por un simple acrónimo: COVID-19. Los medios de comunicación nos lo cuentan sin descanso. Pero una noticia mezclada con todas las demás, entre otras, tal vez pasa inadvertida a los ojos de la mayoría. Se convierte como una luz encendida en el fondo de un túnel.

Es el llamado lanzado en vivo, en la Web TV de la ONU, por el Secretario General de las Naciones Unidad, Antonio Guterres. Durante una reunión virtual con la prensa, el 23 de marzo pasado. ¡Un inmediato “alto al fuego” global en todos los rincones del mundo! Se pide a las partes en conflicto que abandonen las hostilidades y que descarten la desconfianza y la animosidad. Es el momento de oponer el trueno de las armas al silencio de cualquier conflicto para abrir los “espacios preciosos” de la diplomacia y las negociaciones.

Ya el 19 de marzo, el Secretario General de la ONU hizo un llamado a los líderes mundiales, con miras a coordinarse entre sí, especialmente a favor de los más vulnerables. La actual crisis humana exige solidaridad frente a un tejido social desgarrado en la guerra sin precedentes que se librará, donde las salas de los hospitales son las nuevas trincheras.

Cononavirus es el nombre del nuevo enemigo que alerta y asusta al mundo entero. No tiene las características conocidas de aquellos que en la historia de la humanidad hemos definido como “enemigo”: el actual es invisible, poco conocido también en los laboratorios. Ataca a las victimas a tal punto que incluso los centros de salud no pueden proporcionar atención adecuada y seguridad por miedo. No analiza nacionalidades, etnias y afiliaciones religiosas, no conoce límites ni fronteras, entonces, dice Guterres, “la furia del virus ilustra la locura de la guerra”.

Sus palabras se convierten en el alfabeto de una lección que hay que aprender: “Es hora de detener los conflictos armados -declara en el llamado- y centrarnos todos en la verdadera batalla de nuestra vida” el mismo lenguaje se transforma porque, incluso si se trata de una batalla para vencer al virus, otras son sus armas: no bombas o ataques aéreos, instrumentos de muerte de guerra, sino guantes, para tocar los cuerpos enfermos con el mayor cuidado y atención; máscaras, para seguir viviendo hombre junto a hombre en la protección mutua y la de los demás, respiradores para alimentar la vida; profesionalidad, para curar hasta dar la propia vida por el otro que no conozco, pero “reconozco” como hermano.

¡Qué diferencia en comparación con las innumerables víctimas inocentes, mujeres, niños, de muchos, demasiados conflictos de los que poco o nada se habla, sofocados por la lógica de las ganancias y de los intereses de los poderosos!

El llamado que se levanta desde la más alta institución internacional, exige la activación responsable de los procesos de mediación, especialmente en los países más afectados y desbastados por las guerras, a fin de crear corredores que permitan salvar vidas.

Hoy el enemigo invisible, aquel que no esperábamos, nos da una lección que no encontramos en las páginas de ningún libro de historia. Es la lección de quien está dispuesto a dar la propia vida y a encender esas velas que se consumen a expensas de la luz, que gratuitamente ilumina la vida de los demás. Es la lección que recuerda y da voz a muchos migrantes y prófugos, obligados a huir perdiendo todo: familia, casa, trabajo y patria en busca de refugio y acogida, pero son rechazados incluso con armas.

Es la lección que escucha a los más pequeños de la tierra, desfigurados por las torturas, despojados de la propia dignidad, explotados y víctimas de la violencia más inenarrable y de dramáticos abusos.

El llamado de la ONU nos pide hoy que recordemos todo esto y que los números generados por el COVID-19 son tantos rostros de personas, historias de afectos y vidas humanas, donde cada uno es una “palabra” dicha a la humanidad, porque es única e insustituible.

El vía crucis de la humanidad, en este camino donde Jesús encontró a la Verónica, una mujer desconocida y sin historia, pero capaz de limpiar Su rostro, también podemos hacer eco a esa voz que pide “detener la llaga de la guerra que aflige nuestro mundo”, poniendo “fin a los conflictos en todas partes, ahora. Es lo que nuestra familia humana necesita, ahora más que nunca”

Es un llamado que, más allá del distanciamiento social al que estamos obligados, nos pide dar vida a esa realidad que está escrita desde diciembre 1948, después de la segunda guerra mundial, en el Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: la familia humana. No es más sólo una fórmula proclamada, sino una realidad viva, creada por lazos de fraternidad y proximidad. Si es el amanecer del sol que ilumina la oscuridad de la noche, tenemos la oportunidad de mirarnos a nosotros mismos, ahora, más allá de cualquier distancia, con ojos de “resurrección”.

Actuar

¿Qué podemos hacer nosotros?

Podemos comprometernos a difundir:
Una cultura de responsabilidad, que sepa hacerse cargo del otro,
Una cultura de la legalidad, para que se dé atención a la persona,
Una cultura de la paz, comenzando con la conversión productiva de las fábricas de armas y de la tecnología militar.

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Compartamos el compromiso de quienes, en nombre del derecho a la vida, la salud y al trabajo levantan sus voces para construir un mundo en paz verdadera:

https://www.flest.it/2020/03/si-ferma-leconomia-civile-ma-quella.html

 


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