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El secreto de la fraternidad está en el encuentro

 
25 marzo 2024   |   Francia, Fraternidad Humana,
 
Roselyne Hamel
Roselyne Hamel

Con motivo de la entrega de la sexta edición del Premio que lleva el nombre del hermano sacerdote, nos reunimos cono Roselyne Hamel para pedirle que nos cuente partes de esta historia que, como ella dice, el secreto de la fraternidad está en el encuentro. Dos madres que comparten un dolor distinto, pero igualmente insoportable. El impulso para ir más allá de ciertas razones y decir que la fraternidad todavía es posible.

Saint-Étienne-du-Rouvray, norte de Francia. Estamos dentro de una Iglesia, en una soleada mañana de verano. El padre Jacques está celebrando misa, como presumiblemente hace cada mañana. Tiene casi 86 años, el rostro marcado por la fatiga y las manos arrugadas de quien, durante años, ha estrechado otras manos para consolar y rosarios para rezar. Los ojos, en cambio, son vivaces, grandes, sensibles, transmiten una vitalidad y un cierto humor que el anciano sacerdote francés suele comunicar. Hace calor aquel 26 de julio. Por un lado, el mundo está siguiendo la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia, signo de fraternidad y comunión, pero por otro está sacudido por varios atentados terroristas, el último de los cuales se produjo en Niza, Francia, el 14 de julio, cuando un hombre atropelló deliberadamente a la multitud que asistía a las celebraciones públicas con motivo de la fiesta nacional francesa en la Promenade des Anglais.

El padre Jacques Hamel, quizás, también está rezando por este momento difícil del mundo, durante la celebración, cuando dos hombres irrumpieron en la iglesia, obligando al sacerdote a suspender la liturgia y arrodillarse. Le cortan el cuello, inmediatamente el padre Jacques se convierte en mártir, hasta el punto de que el Papa Francisco, en el siguiente mes de octubre, decide abrir la causa de beatificación.

El dolor todavía es fuerte en los ojos de Roselyne al recordar los hechos. Han pasado casi 8 años pero la crueldad de la ejecución de su hermano, indefenso y frágil, hace que la herida sea mucho más difícil de superar. Al buscar una salida a ese profundo dolor, Roselyne Hamel se pregunta quién podrá sufrir más que ella. La respuesta llega tras una larga reflexión: ¿Será la madre del asesino, tal vez? ¿Qué túnel podrá atravesar una madre que sabe que el propio hijo ha sembrado muerte? ¿será que un dolor así se puede compartir? ¿eso podría conducir a algo bueno? Roselyne piensa en su hermano que, sin hacer ruido, se dedicó a hacer el bien a los demás, construyendo puentes de diálogo y encuentro. Roselyne también es madre y decide actuar y buscar a esa madre, la madre de Adel Kermiche, quien en el momento de los hechos tenía más de 18 años y murió también él en el intento de fuga de la iglesia.

«La esperaba desde hace mucho tiempo», responde la señora, y comienza así un camino de reconciliación, de sanación recíproca, de perdón. Dos madres, una católica, la otra musulmana, ambas marcadas por un sufrimiento atroz se arriesgan para encontrar una esperanza que ofrecer al mundo.


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