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Poesía contra la guerra

 
 

Una película sobre la guerra hecha de poesía: el poder de la imaginación y la fuerza interior de los jóvenes (y de las mujeres) contra las atrocidades del conflicto bélico. Una película siria delicada e intensa, capaz de afrontar temas dolorosos de nuestro presente (incluso el de los refugiados) sin ser nunca cruento, usando la metáfora con inteligencia, contraponiendo la belleza del encuentro y el poder de la fantasía al rumor y al miedo de las bombas.

Un puñado de acordes tocados por la hermosa película NezouhEl agujero en el cielo (en cines, en Italia desde el pasado 12 de enero) la segunda obra del director sirio Soudade Kaadan, hay un par -centrales y vinculadas entre ellas- que tratan dos temas dolorosos de nuestro tiempo (y de la historia humana en general). Son el de la guerra y el de los que se ven obligados a dejar el propio país de origen porque allí la vida se ha vuelto imposible.

Ambientada en Damasco, en la ciudad devastada por la guerra, la película, presentada en Venecia ’22 (sección Orizzonti) y en el siempre interesante Festival Medfilm (donde ganó el Premio de Derechos Humanos de Amnistía Internacional) muestra un conflicto sin escenas cruentas o esparcimiento de sangre, pero con un paisaje constantemente destruido y personajes recluidos, suspendidos en la condición surrealista de estar presos en su propia casa.

La historia es la de una familia con un padre (Motaz), una madre (Hala) y una hija adolescente (Zeina), que se ven obligados a vivir en un edificio de la ciudad parcialmente destruido por las bombas. A su alrededor muchos escombros y poquísimas personas, en un espacio que se ha vuelto casi metafísico. En las paredes destruidas de la casa, el padre colgó frágiles sábanas, obstinado en repetir que ahí todavía se puede estar: «Es mi casa. La puedo arreglar cien veces», afirma, mientras su esposa y su hija son las primeras en entender que la única condición aceptable es la de refugiados. «Pero mira a tu alrededor, todo está roto», responde Hala al esposo, refiriéndose a aquella casa que se ha convertido (también) en el símbolo de una lacerante irreconciliabilidad entre raíces y libertad, entre pasado y futuro.

Dentro del horror de la guerra, en efecto, también se exacerba el desencuentro entre la naturaleza arcaica del esposo, con la mirada vuelta a la traición y la de una mujer más capaz de captar la verdad y lo nuevo. Esa guerra hecha de espera, miedo y algunas explosiones que a menudo involucran la existencia de los protagonistas, provoca sufrimientos comunes a interioridades diferentes, tocando los equilibrios existenciales de cada uno y de todos modos obligándolos a perder: la posibilidad de permanecer, pero también de planificar, de crecer, de cambiar, de poner en sana relación sueños y acciones.

Todos entran en contacto con la constricción de Nezouh, incluida también la pequeña Zeina, quien, mirando por la ventana de la vida, quiere saltar: entrar en ella con pasión. Lo hace, incluso antes que, con el cuerpo, con el poder salvífico de la imaginación, escurridiza e invencible incluso para la guerra. Imagina que en lugar de las piedras amontonadas alrededor de su casa está el mar y su dulce pensamiento se traduce en imágenes concretas que dan a la película un precioso realismo mágico, especialmente después de que una bomba ha abierto un agujero en el techo de su casa: el agujero se convierte en orificio para los rayos de luz y las ráfagas de viento que traen vitalidad y esperanza.

De ese círculo aparece un «cielo lleno de estrellas» señala Amer: el vecino de casa, uno de los pocos que quedan, más o menos de la misma edad que Zeina. A esas estrellas «las bombas no las pueden tocar» la tranquiliza el muchacho luego de lanzarle una cuerda e invitarla a la azotea a imaginar la libertad y la vida juntos. Desde allí arriba, la espera y el dolor que consumen se transforman en creatividad y diálogo. Amer y Zeina saborean juntos fruta fresca, rica y jugosa, juntos miran, sobre el muro, a través del proyector traído por Amer, las imágenes del mar en movimiento, símbolo de libertad y descubrimiento. Juntos fantasean incluso con la pesca: cuando el muchacho, tras enterarse de que, cuando sea grande, a Zeina le gustaría convertirse en pescadora, encuentra una caña de pescar en una de las casas abandonadas y mágicamente las ruinas se convierten en aguas tranquilas y agradables. Dentro del espacio secreto toma forma la plena relación humana, naturaleza y poesía interactúan, encuentro y participación, imaginación y arte: instrumentos de una belleza que contrasta con la atrocidad de la guerra alrededor. Ese techo es la antecámara de la libertad, palestra de una conciencia preparatoria para el viaje que Zeina y Hala emprenderán poco después, perdiéndose inicialmente en una ciudad irreconocible y luego atravesando un túnel (también metafórico) que tendría que llevarlas hacia aquel mar soñado, dentro de aquel viaje lleno de incógnitas y a menudo dolor que es la historia de tanta humanidad contemporánea obligada a huir de su propia patria.

El pie de foto final de la película rinde homenaje a todos los que forman parte de ella: «Por los que hemos perdido la guerra -leemos- por los desplazados y por quienes se han perdido en el mar». Nezouh, que en árabe significa “desplazamiento de almas, agua y personas” sabe hablarnos mezclando ágilmente drama y fábula, real y poético, ligereza y gravedad, de la fuerza en los jóvenes (el amor de Zeina intenta acercar a sus padres), de emancipación femenina y de la importancia del sueño, mostrando constantemente cómo una guerra obstaculiza brutalmente las potencialidades y las necesidades primarias del ser humano.

Su relato intensamente sencillo sabe extenderse a cada guerra y a cada condición de profunda incertidumbre; sabe hacernos trabajar la empatía, la capacidad de ponernos en la piel de quien vive realidades muy duras, y es un paso necesario en esa relación.


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