United World Project

Workshop

Foof2Connect: cuando el sabor es integración

 
1 junio 2021   |   , ,
 

El original proyecto de Jóvenes por un Mundo Unido de Graz, Austria, que pone la fraternidad… sobre la mesa…

Juan Camilo Poveda es un joven colombiano, solo tiene 31 años y sus ideas son muy claras. Él, que viajó un poco por el mundo y, luego por amor, se fue a vivir a Graz, Austria, ha experimentado de primera mano lo que significa dejar su tierra natal y encontrarse en una cultura y un idioma totalmente diferentes, que hacen que la vida diaria sea difícil y a veces conlleve una cierta soledad.

Por eso es la persona más indicada para hablarnos de Foo2Connect, una original experiencia promovida por Jóvenes por un Mundo Unido de Graz (Jugend für eine geeinte Welt). Juan Camilo es uno de los «guías» del proyecto, dentro de un equipo de otras cinco personas. Lo ha visto nacer y ve sus horizontes.

«Food2Connect es un proyecto pensado por Jóvenes por un Mundo Unido, y sostenido por European Solidarity Corps (Cuerpo Europeo de Solidaridad), un proyecto europeo que promueve la integración y la multiculturalidad. El proyecto nació teniendo delante la desconfianza de la sociedad hacia la persona extranjera, sobre todo migrante, que en Austria es muy fuerte. En este país hay respeto para todos, hay tolerancia incluso para los que son diferentes, pero falta la calidez de ir al encuentro de la persona para crear una relación».

Juan Camilo relata apasionadamente las ideas sobre el respeto y la disponibilidad hacia los demás que, entre los jóvenes habían compartido, buscando una forma de diálogo que los uniera a todos, en una situación tan delicada: De hecho, Austria se encuentra precisamente al norte de la ruta de los Balcanes y es la puerta de entrada a Europa para muchos migrantes del Este y del mundo árabe.

¿Qué tenemos todos en común para comenzar a dialogar? Nada más sencillo: ¡la comida! Platos y comidas, costumbres culinarias, se utilizan a menudo como base para las relaciones sociales y en el desarrollo de la propia cultura. Es suficiente pensar que cuando pones una cita con amigos, lo haces para “tomar algo juntos”, ya sea beber o comer…

«Fue una idea brillante: llevamos a una veintena de personas, todos jóvenes, mitad austriacos y mitad provenientes de otros países (de Europa del Este, del mundo árabe, de Africa y de América Latina) con distintas historias de migración a las espaldas. Gracias al apoyo económico del proyecto europeo, preparamos una gran estructura para cocinas y para compartir sabores de nuestras mesas, programando seis talleres donde cocinar juntos los platos de los propios países y de los países del otro, que se convirtieron en una ocasión única de diálogo y fraternidad».

De hecho, lo interesante es precisamente esto: los talleres se organizaron para grupos reducidos; donde durante 2-3 horas cada participante tenía la oportunidad no solo de introducir la cultura de su país a través de los sabores de la mesa, sino también de compartir su historia personal, familiar, migratoria, vinculando ese plato en particular a una narración hecha de carne y hueso, de lágrimas, risas, fracasos y muchas resurrecciones.

«La posibilidad de charlar mientras cocinas es extraordinaria, puedes hacer que la gente entienda lo que significa un plato o ingrediente en la historia de cada uno, se crea algo que sabe a familia, que rompe la barrera de la indiferencia y del miedo del otro, que al final, así como en casa, alrededor a una misma mesa, se sientan, comen contigo, y comparten contigo la vida».

Juan Camilo honestamente, no esconde las dificultades que surgieron en la pandemia, que transfirió los laboratorios a las redes sociales, transformando el proyecto, por un período, en un programa de cocina en el que mantener relaciones no ha sido fácil.

«El riesgo de renunciar a todo era muy fuerte, sin embargo, en esos meses recibimos muchas fotos en las redes sociales, que retrataban a nuestros participantes que estaban, en línea o presencialmente cuando era posible, incluso más allá del tiempo del taller oficial, para seguir conociéndose unos a otros, seguir preparando recetas juntos, invitándose a la casa del otro en momentos particulares, para fortalecer un vínculo. Y te aseguro que cuando vimos a una joven austriaca ir a la casa de un joven sirio para conocer más sobre su vida, y continuar a preparar juntos una receta, para nosotros ya fue una victoria que incluso la pandemia, en su drama, nos ha dado».

Todos estos jóvenes han vivido, de una forma u otra, situaciones difíciles por el lenguaje, el rechazo social, la falta de trabajo, y encontrar a un grupo donde se está bien y se sienten “equipo” sin duda ayuda a cambiar las cosas.

«Te diré algo más: hay un trasfondo muy amplio de fraternidad detrás de todo esto. La experiencia que hemos hecho es de cierta reciprocidad que se abre camino: los austriacos tienden a abrirse cuando se sienten en un lugar seguro, en un espacio que es para ellos. Trabajando y cocinando juntos se ha creado este espacio, se ha desvanecido tanta rigidez, se ha creado familia. Por otro lado, para quien llega de afuera, volver a comer algo del propio país, volver a sentir ciertos sabores, ha ayudado a estar mejor, a dar un sentido al dolor de la lejanía de los propios orígenes, del propio país, se han dado la mano uno al otro, un cuidado recíproco que todavía puede dar muchos frutos».

Las palabras de Juan Camilo no las dice por casualidad: dependiendo de cómo vaya la situación de la pandemia, parece que podemos volver para concluir los talleres, con la sexta cita presencial, con un próximo “Festival” en agosto, y quien sabe, también un regreso a la cocina para la próxima temporada.


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